El lado oscuro del storytelling: Elizabeth Homes y la farsa de Theranos
¿Quién no ha escuchado sobre storytelling? Una herramienta poderosa para crear conexiones a través de historias. Narrativas no solo para informar, sino para algo mucho más valioso y desafiante, persuadir.
Las historias que cuentan las organizaciones- y sobre todo sus líderes- ayudan a fortalecer vínculos de una manera que los datos objetivos y a veces fríos no logran. A través de estas historias, la audiencia no solo entiende el mensaje, se identifica con él. Pero, ¿qué pasa cuando la narrativa es tan seductora, que los datos dejan de importar?
Elizabeth Holmes, fundadora de Theranos, construyó una de las startups más valoradas de Silicon Valley con la promesa de revolucionar los análisis de sangre con una tecnología mínimamente invasiva. La empresa, fundada en 2003, alcanzó una valoración multimillonaria antes de colapsar en 2018 tras revelarse un fraude masivo.
El crecimiento de Theranos y de su creadora, no se sostuvo únicamente en la promesa tecnológica. En paralelo, Holmes trabajó cuidadosamente su marca personal y una narrativa emocional centrada en la muerte de un tío con cáncer, presentando a Theranos como una solución temprana y accesible para la detección de enfermedades.
Esta construcción de credibilidad se reforzó también desde lo simbólico. Elizabeth Holmes encarnaba la figura de una mujer joven y exitosa en una industria históricamente dominada por hombres, lo que amplificó su atractivo, fue portada de revistas como Forbes, Fortune e INC. A ello se sumó una marca personal cuidadosamente diseñada, inspirada —según muchos— en una “obsesión” con Steve Jobs y Apple.
La historia de Elizabeth Holmes evidencia el poder del storytelling como mecanismo de legitimación, capaz de generar confianza, atraer inversión y consolidar apoyos institucionales, incluso cuando los resultados técnicos, objetivos y fríos, no calzan.
Su nombramiento como Embajadora Presidencial para el Emprendimiento Global durante la administración de Obama ilustra cómo ese capital simbólico puede resultar persuasivo incluso para políticos experimentados (que conocen bien de storytelling), al apelar a narrativas profundamente aspiracionales: Elizabeth era una mujer joven y exitosa, una CEO que irrumpió en una industria históricamente masculina y que trajo la promesa de una detección de enfermedades más temprana y menos costosa.
El problema nunca fue el storytelling. El problema fue la falta de coherencia entre la narrativa y la realidad. El paso entre persuadir y construir confianza es inmenso y va de la mano de valores como la ética y la transparencia. Es cierto que es un camino mucho más exigente, pero a largo plazo, es el que permite sostener una reputación.